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Marine Le Pen quiere ser Evita

Domingo 30 de marzo de 2014

Marine Le Pen quiere ser Evita / Le Pen derriba el dique republicano / Abstention, percée du FN : le ras-le-bol de la politique politicienne

Marine Le Pen quiere ser Evita

El programa político del Frente Nacional (FN), que este domingo afronta la segunda vuelta de las municipales francesas y puede conquistar una quincena de alcaldías, prevé abolir el euro y salir de la Unión Europea, reprimir al máximo la inmigración, restablecer la pena de muerte, aumentar la presencia policial en las calles, refutar los principios de la Convención Europea de Derechos Humanos, prohibir las manifestaciones a favor de los sin papeles, reducir el derecho de asilo, acabar con las naturalizaciones de extranjeros y con la doble nacionalidad.

Pese a la carga ultranacionalista y xenófoba de ese ideario, Marine Le Pen, presidenta del FN desde 2011, lleva tres años intentando edulcorar la imagen de su partido. Primero le dio una denominación y una coloración nueva, Rassemblement Bleue Marine (Unidad Azul Marine), después se fue a ver a los líderes de la comunidad judía para asegurarles que el FN condenaba el Holocausto, y más tarde anunció que demandaría en los tribunales a todo el que dijera que el FN es de extrema derecha.

Esta semana, tras obtener unos resultados históricos en el primer turno de las municipales —más de 400 concejales elegidos, y previsión de obtener más de mil en total—, Marine Le Pen ha dado un paso más en su estrategia de desdiabolización al declarar que el partido fundado por su padre, el paracaidista Jean-Marie Le Pen, en 1972, “es un gran movimiento patriota que se opone a otro bloque político, compuesto por la conservadora UMP y el Partido Socialista”.

“No somos ni de derechas ni de izquierdas, porque el mundo es hoy mucho más complejo que todo eso”, afirma la eurodiputada, que asume la denominación “peronismo a la francesa” y se promueve para ser una especie de cruce posmoderno entre Evita Perón y Juana de Arco: protectora y proteccionista, cercana a los pobres y a los excluidos, enemiga de las élites, contra la austeridad que imponen Bruselas y la globalización financiera, madre única cristiana de un país harto de la clase política y asustado por presuntas invasiones musulmanas, gitanas, extranjeras.

La implantación local es la base de la conversión del FN en alternativa de poder. Hace ocho meses, Le Pen creó una célula para captar y formar candidatos para las municipales. Logró presentar listas en 597 ciudades, y cubrir un tercio del censo total de 44 millones de habitantes. La estrategia ha sido crear círculos concéntricos alrededor de las zonas donde el FN estaba ya bien implantado.

El modelo es Hénin-Beaumont, concejo de la deprimida cuenca minera del norte en el que la presencia del PS y la UMP es apenas testimonial. Le Pen lo eligió como feudo hace unos años, y en 2012 perdió allí las legislativas ante Jean-Luc Mélenchon, el líder del Frente de Izquierda, por un puñado de votos. Ahora el FN ha conseguido la alcaldía en el primer turno, por primera vez en 40 años de historia, pero además ha presentado candidatos en una quincena de pueblos cercanos. Los candidatos han dejado atrás la ideología para hacer propuesta concretas: mejores servicios, bajadas de impuestos, cumplir las promesas.

El partido, que ha cuadruplicado sus militantes y hoy tiene 70.000, prevé crecer aun más a partir de los concejales y alcaldes que consiga elegir hoy. Lo que hace mucho más peligrosa a Le Pen que a su padre es su ambición. Su objetivo ya no es tomar el poder desde arriba —ganando las presidenciales—, ni ser una voz más o menos folclórica o una portavoz antisistema.

Le Pen aspira a crear un partido nacional de masas apoyándose en un efecto bola de nieve: con solo dos diputados, su idea es gobernar y ser oposición en pueblos y ciudades, multiplicar por dos el número de eurodiputados en las europeas de mayo, tener presencia en las senatoriales y cantonales del año próximo, y presentarse a las presidenciales de 2017 con posibilidades de colarse en la segunda vuelta como hizo su padre en 2002. Con Nicolas Sarkozy y François Hollande desaparecidos, y sus partidos convertidos en una sombra, el proyecto cada vez parece menos descabellado.

Louis Aliot, vicepresidente del FN, compañero sentimental de Le Pen y favorito para lograr hoy la alcaldía de Perpiñán, cree que el presente y el futuro del partido son mejores que los de sus adversarios. “El bipartidismo ha muerto. La etapa de desdiabolización ha terminado. La mayoría de los franceses ya no nos ve como un partido extremista, sino como la imagen de Francia”, dice.

Exprofesor de Derecho Constitucional, Aliot es el director del club Ideas & Nación, creado en 2011, que hace las veces de think tank del partido, y el ideólogo de la refundación del Frente Nacional. Su análisis es que el FN “está en camino de convertirse en un movimiento joven y moderno llamado a gestionar el país”.

Le Pen ha decidido emprender la toma del poder desde abajo. Y lo que hace años parecía un sueño, ganar votos entre los inmigrantes o en zonas tradicionalmente hostiles como Bretaña o Normandía, empieza a hacerse realidad. El tiempo dirá si Marine-Evita-Juana de Arco se sale finalmente con la suya.

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Marine Le Pen quiere ser Evita

Le Pen derriba el dique republicano

El frente republicano ya no existe. Durante más de 30 años, el partido de Jean-Marie Le Pen era considerado y tratado como un demonio apestado por sus adversarios. Ahora, la sana costumbre de que uno de los dos grandes partidos renuncie a presentar a sus candidatos en las triangulares de la segunda vuelta para que los electores levanten un muro votando por el aspirante “republicano” contra la extrema derecha ha pasado a mejor vida. De cara a la ronda decisiva de las municipales del domingo, Jean-François Copé, líder de la Unión por un Movimiento Popular (UMP), ha preferido mantener la táctica del “ni-ni”, y no retirará a sus candidatos: ni a favor del Partido Socialista ni a favor del FN.

Esta deriva de la UMP, iniciada en la época del declive de Sarkozy, pone en el mismo plano a la extrema derecha y a los socialistas, y contribuye a legitimar las ideas de Marine Le Pen, que ha conseguido así su primer objetivo: disfrazar la doctrina de extrema derecha, darle una capa de normalidad, y convertirse en una alternativa política tan presentable como otra cualquiera.

Hace diez años, tres de cada cuatro franceses pensaban que el Frente Nacional era un peligro para la democracia; hoy, la proporción ha bajado a uno de cada dos. La hija del fundador y presidenta del partido desde 2011, más inteligente y sibilina que su padre, es la gran artífice de ese cambio estético. Aunque de la pátina azul Marine todavía asoman grietas, y a menudo aparecen candidatos y votantes filonazis en sus filas, su gran éxito ha consistido en inocular cada vez más el virus en la sociedad y los partidos.

Al final de la campaña de las presidenciales de 2012, Sarkozy contribuyó a la “lepenización de los espíritus” al hacer suyas diversas ideas y proclamas xenófobas, eurohostiles y proteccionistas (Francia para los franceses, Made in France, las raíces cristianas de Francia...) del FN.

Pero ni siquiera el PS se ha librado del todo de esa tentación. Si Sarkozy recurrió a los desalojos de gitanos para luchar por su reelección, Manuel Valls, ministro del Interior, e incluso el presidente François Hollande no han dudado en hacer lo mismo para intentar ganar popularidad en los últimos meses. Los resultados parciales de las municipales parecen mostrar que, como solía decir Jean-Marie Le Pen, “la gente prefiere el original a la copia”.

Ahora, los socialistas intentan frenar la nueva ola lepenista aplicando en solitario la vieja estrategia del frente republicano, confiando quizá en que así podrán disimular errores, vacuidades y renuncias. El partido ha retirado a sus candidatos en varias ciudades para dejar que los candidatos de la UMP concurran en solitario ante los de la ultraderecha. Pero la táctica, no exenta de hipocresía y de deserciones, parece destinada al fracaso: muchos electores se resisten a votar a candidatos de la teórica derecha civilizada que tienen poco que envidiar al FN en xenofobia y populismo.

Los escándalos que sacuden a la UMP —y, en menor medida, al PS—; la hábil retórica antisistema de Le Pen, que acusa a los grandes partidos —a los que llama UMPS— de seguir políticas económicas idénticas; el giro neoliberal de Hollande, y la persistencia del paro y el estancamiento son otros factores que explican la progresión del FN. El austericidio impuesto por Berlín y Bruselas, y la rabia de los jóvenes y los que se sienten excluidos hace el resto.

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Le Pen derriba el dique republicano

Abstention, percée du FN : le ras-le-bol de la politique politicienne

FIGAROVOX/OPINION - L’historien des idées François Huguenin analyse les résultats des élections municipales . Il voit dans l’abstention et le résultat du Front National l’expression d’une lassitude vis à vis de la politique envisagée comme simple conquête du pouvoir.

François Huguenin est historien des idées. Il est l’auteur notamment d’une Histoire intellectuelle des droites (2013, Perrin).

Les résultats du premier tour des élections municipales ont été sans surprise marquées par un double phénomène: l’importance du taux d’abstention et le succès du Front National. Deux manières de manifester une profonde défiance par rapport à la classe politique, dont le Front National, qui n’exerce pas de responsabilités de gouvernement, peut donner l’illusion de ne pas faire partie.

Se lamenter sur l’absence de sens civique de nos concitoyens, s’indigner de la lepénisation des esprits peut être louable. Cela risque pourtant de n’être qu’une incantation supplémentaire qui peut certes donner bonne conscience, mais qui a montré sur la durée son inconsistance et son inefficacité. Ce double mouvement de défiance renvoie à quelque chose de fondamental qui est l’absence de principes de la classe politique, ou tout au moins de sa partie la plus visible, au sommet des appareils partisans, et donc de l’Etat. Comment en est-on arrivé là? Qu’est-ce que cela dit de notre démocratie?

La corruption du personnel politique n’est pas nouvelle. Il suffit de lire l’histoire de l’Antiquité à nos jours pour savoir que le pouvoir corrompt, que l’homme est bien souvent sous l’emprise de ce que saint Augustin appelait la libido dominandi qui le conduit à des pratiques immorales. Quel que soit le type de régime, cette tentation a existé au cœur de l’homme et la démocratie française n’y a pas échappé. On se souvient de la difficulté à s’implanter de la IIIe République, gangrénée par les affaires de corruption (scandales de Panama et des décorations), ou d’atteinte à la liberté d’opinion (affaire des fiches). Pourtant, malgré tout, il restait clair que ces pratiques, lorsqu’elles étaient mises en lumière, pouvaient faire tomber un gouvernement ou un ministre et heurtaient une morale laïque partagée par tous. Qu’elles aient été moins ou aussi fréquentes qu’aujourd’hui, ces pratiques étaient à tout le moins considérées comme anormales et condamnables. Aujourd’hui, un gouvernement ne tombe plus pour une sombre histoire d’écoute et d’atteinte à la liberté ; un parti politique qui finance sa campagne de façon malhonnête garde pignon sur rue ; sans parler des glauques affaires sexuelles d’un ancien candidat à la présidence. Les Français sont-ils choqués? Sans doute. Mais rien ne se passe. Ils en ont pris leur parti. Ces affaires ne sont au demeurant que la partie immergée d’un iceberg qui met en péril le navire de notre démocratie: c’est le sentiment que les hommes politiques ne cherchent qu’à conquérir, garder ou retrouver le pouvoir, en servant les intérêts du camp qui les soutient, sans attention au bien commun ; que les promesses électorales sont systématiquement non tenues et que les électeurs ne sont pas considérés comme des citoyens à qui l’on doit la vérité et le respect.

Désormais, plus rien ne vient obliger les politiques, rien ne vient transcender leurs objectifs de carrière, leurs accords partisans, leur appétit de pouvoir

Pourquoi cet effondrement des principes qui garantissent la légitimité de notre démocratie? C’est là qu’un passage par l’histoire des idées s’impose. Comme l’avait montré Leo Strauss, la fracture de la politique moderne a consisté, avec Machiavel, dans le fait d’abandonner l’exigence de vertu au service du bien commun qui était le but de la politique traditionnelle. Non sans arguments, Machiavel, puis Hobbes, Locke et les Lumières ont considéré que l’écart entre l’objectif des Anciens et leur pratique était trop important. Il a donc fallu abaisser le seuil d’exigence de la conduite politique: remplacer l’objectif de bien gouverner par celui de prendre ou garder le pouvoir, troquer la quête de la vertu pour la recherche de la force et de la ruse (Machiavel) ; chercher la division et la neutralisation des pouvoirs pour garantir la paix civile (Montesquieu). Toutes ces stratégies ont abouti sur le plan des institutions à une démocratie qui a pu fonctionner sur des mécanismes électifs garantissant l’expression des diverses opinions et sur des institutions permettant l’équilibre ou l’alternance des pouvoirs. Mais ces institutions étaient ancrées sur d’anciens réflexes, et notamment sur la création d’une élite, ou pourrait-on dire d’une aristocratie certes non héréditaire, mais encore marquée par le souci d’un bien commun, d’un certain esprit de service, d’un souci d’honnêteté (pensons à de Gaulle payant les factures d’électricité de l’Elysée relatives à sa consommation personnelle!). L’effondrement des principes éthiques, la mise entre parenthèse de la notion de bien commun, la foi en un complet relativisme des conceptions du bien ont réduit à néant cet héritage. Désormais, plus rien ne vient obliger les politiques, rien ne vient transcender leurs objectifs de carrière, leurs accords partisans, leur appétit de pouvoir. La démocratie a oublié ce que Rousseau avait rappelé: elle peut encore moins vivre sans vertu, au sens des qualités requises pour agir en fonction du bien, que l’aristocratie ou la monarchie. Les Anciens le savaient, les Modernes tant qu’ils ont gardé cette mémoire le savaient encore. Les postmodernes que nous sommes l’avons oublié. La démocratie s’est recroquevillée sur un mécanisme purement procédural. Seul compte le sacre de l’élection pour légitimer le pouvoir alors que la politique ancienne savait que, quel que soit le mode de désignation des gouvernants, leur légitimité tenait à leur souci du bien commun. Cette exigence s’est perdue. L’adhésion aux institutions, le sentiment d’appartenance au corps social, risquent de se dissoudre dans le triomphe de l’individualisme, du consumérisme et du relativisme. Retrouver le souci du bien commun est devenu une urgence politique.