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Francia y el suicidio de Occidente, por Jorge Vilches «La educación basada en el adoctrinamiento ha conseguido que la gente ya no sienta la patria republicana, ni esté orgullosa de la historia ni de la Ilustración» Opinión 09 de julio de 2024

"La educación basada en el adoctrinamiento ha conseguido que la gente ya no sienta la patria republicana, ni esté orgullosa de la historia ni de la Ilustración»

Las imágenes del Nuevo Frente Popular en la campaña electoral en Francia han sido chocantes. No había banderas del país, sino extranjeras, de extrema izquierda y de colectivos sexuales. Quienes las llevaban eran jóvenes. Esas personas ya no se identifican con la raíz francesa, republicana y democrática, sino con algún colectivo racial, de género no hetero, ecologista, anticapitalista o de feminismo supremacista.

Ya no se rinde culto a la República como marco de convivencia, sino que cada colectivo lo hace a su dios particular, ya sea al planeta en peligro por el «neoliberalismo», a la raza oprimida por los blancos, al «segundo sexo» sometido por los hombres, a los géneros fluidos orillados por los cisgénero, o a los desheredados explotados por el capitalismo. Por eso, a la sencilla pregunta al alumno de instituto de si se sentía francés —como vimos en un vídeo reciente—, la respuesta más habitual era que no, que se sentía más identificado con algún tipo de colectivo victimizado o justiciero.

Lo que ha ocurrido en Francia, lo hemos visto en las pasadas elecciones, es que la ciudadanía tradicional basada en la identidad republicana, en el orgullo de ser francés, se ha sustituido por una nueva ciudadanía basada en el rechazo al país, a su tradición, mentalidad, cultura, historia, creencias e instituciones. El viejo patriotismo (y nacionalismo) francés se basaba en el vínculo entre su país y la civilización, entendida esta como la creación de una cultura propia, mejor, basada en la belleza tanto como en la libertad. Aquellos franceses se creían exportadores de la modernidad, de ahí la veneración a Napoleón, por ejemplo. Esta mentalidad ya no es mayoritaria. Lo que abunda es la vergüenza por el pasado y una exaltación artificial de las otras culturas o civilizaciones para hacer justicia y reparar el daño que Francia supuestamente hizo al mundo.

Alicia Delibes lo cuenta en un libro titulado El suicidio de Occidente. La renuncia a la transmisión del saber (Ediciones Encuentro, 2024). La idea básica es que ese fenómeno se ha producido porque el modelo educativo de Condorcet ha muerto. Este modelo consistía en que la escuela era una institución para transferir a la nueva generación el conocimiento atesorado por las precedentes. Se instauró con éxito durante la Tercera República y forjó generaciones de franceses orgullosos de serlo, con independencia de sus creencias religiosas, ideologías, raza o sexo. Era un sistema basado en la autoridad, en la fuerza del conocimiento sobre la opinión, en el esfuerzo y el trabajo, con el propósito de que el ciudadano francés fuera culto, libre e independiente.

Ese modelo creció a la par, dice Alicia Delibes, que el de Robespierre, forjado al inicio de la Revolución Francesa y tomado de Rousseau. El propósito era usar la escuela como una fábrica de buenos ciudadanos, moralizados y moralizantes. Esto requería sustituir el conocimiento por el adoctrinamiento, al profesor por el pedagogo, y al director por el comisario político.

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