Pintura

Velázquez. LAS MENINAS El misterio de una de las joyas del Barroco español

Es uno de los grandes tesoros de nuestra pintura barroca. Una de las joyas más admiradas por los amantes del arte. Cada día, miles de personas se acercan hasta el Museo del Prado de Madrid para admirar el pincel de ese genial pintor sevillano llamado Diego Velázquez. Más allá de lo estético, hay mucho más. En este lienzo se muestra un complejo escenario en el que figuran muchos personajes, entre los que destaca el propio autor de la obra. Pero, ¿qué hay detrás de “Las Meninas”?

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GEMA. G. MARCOS

Sólo es necesario contemplarlo una vez para darse cuenta de que tiene algo diferente al resto. Dejando a un lado los comentarios técnicos más o menos eruditos, lo que está claro es que La familia de Felipe V, más conocida por todos como Las Meninas, resulta una obra inquietante.
Desde la presencia en el lienzo de su propio autor, Diego Velázquez, hasta la de ese misterioso caballero que obseva la escena en la lejanía, que no es otro que José Nieto, el aposentador de la reina. Su concepto de las diferentes dimensiones, sus juegos de luz, todo en el cuadro aparece revestido por un aire misterioso. Casi mágico. Por todo eso y por mucho más, Las Meninas está considerada como una de las obras más enigmáticas de la pintura española.

Tanto es así que muchos son los que, ya en nuestros días, se siguen preguntando el porqué de la extraña posición que ocupa cada personaje en este lienzo universal que, por cierto, mide 318 cm. de alto y 276 cm. de ancho.

Pero vayamos por partes. Aunque no se conoce con exactitud la fecha, se cree que el cuadro fue pintado entre el otoño de 1654 y la primavera de 1657. En el centro destaca la frágil figura de la pequeña Infanta Margarita María, ante la que se arrodillaba la menina (término portugués que designa a las damas de compañía de origen noble que servían a la monarquía) de la reina María Agustina Sarmiento. A la derecha, aparece una segunda menina, Isabel de Velasco. Más atrás, se encuentran Marcela de Ulloa, señora de honor de las damas de la reina, y un guardadamas, de nombre desconocido.

VELAZQUEZ: Un pintor de la Corte al que le gustaba retratar a la gente del pueblo

Nacido en Sevilla en 1599, hijo de una familia de pretensiones hidalgas no reconocidas legalmente, Diego Velázquez demostró desde muy joven que lo suyo era la pintura. Sus primeros pasos artísticos los dio como aprendiz en el taller de Francisco Pacheco. En esa época, apenas tenía 20 años. Allí fue donde conoció a su esposa, Juana Miranda, que además era la hija del jefe.

Tras realizar varios retratos y bodegones, el buen hacer del sevillano llegó hasta los oídos de Felipe IV, que lo nombró su pintor de cámara. Y el discípulo de Pacheco dejó atrás la ciudad hispalense para establecerse en un Madrid de casa de juegos y tabernas. Y Velázquez se empapó del ambiente, plasmándolo luego en geniales óleos de pícaros. En ocasiones, como El triunfo de Baco o Los Borrachos, escondidos tras un barniz mitológico.

Así, entre retratos reales y escapadas a Italia, Velázquez logró ascender en la escala de los servidores del rey. Al mismo tiempo que su prestigio como pintor subía como la espuma. Así que el bueno del pintor andaluz decidió firmar sus obras como Diego de Silva Velázquez, un orden de apellidos que resultaba bastante más elegante.Precisamente en ese momento, decidió volver a viajar a Roma. Allí consiguió que el Vaticano le apoyara en sus pretensiones de lograr ser nombrado hidalgo en España. Para ello, tuvo que probar su pureza de sangre. Es decir, que no descendía de moros, ni de judíos, sino de cristiano viejos. Sin embargo, Velázquez no fue sólo un pintor de reyes y damas de compañía. La predilección de este genio del Barroco por la temática popular fue una constante durante toda su trayectoria artística.

Especialmente, en sus años de juventud. Los borrachos o El aguador de Sevilla son dos buenos ejemplos de ello. Pero, además, el pintor fue un hombre muy crítico con el momento histórico que le tocó vivir. Las largas horas de viajes en soledad por toda Europa le permitió reflexionar sobre las causas del declive del Imperio español.

BREVES

CENTENARIO. El pasado año se conmemoró con diversos actos el 400 aniversario del nacimiento de este genial pintor sevillano.

SUBASTA. A pesar de que algunas voces denunciaron que la obra podía no ser de Velázquez, La inmaculada Concepción se subastó en mayo de 1994 por cerca de 2.000 millones de pesetas. Lo cual no está nada mal.

MOMIA. La noticia saltó a la primera plana de todos los periódicos el pasado mes de junio. Y es que el bombazo era de los que hacen época: se creía que se había encontrado el cuerpo momificado del pintor bajo un altar en el convento de San Plácido, situado en pleno centro de Madrid. Aquella fue una falsa alarma, pero el Ayuntamiento madrileño no está dispuesto a parar hasta que se tope con los restos mortales de este sevillano universal. Desde el pasado 10 de enero y hasta el mes de marzo, la plaza de Ramales permanecerá cerrada al tráfico para intentar averiguar las historias que se ocultan en sus tripas y, de paso, localizar el cadáver de Diego Velázquez.

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