Pintura

MURILLO El pintor de las Vírgenes y de los Niños

(actualisé le )

Compartió época con dos genios como Velázquez y Zurbarán. Pero nadie como Bartolomé Esteban Murillo supo pintar imágenes religiosas con una dulzura y una sencillez que le convirtió en el artista más cercano a su amado pueblo sevillano

SARA M. BARTOLOME
Durante mucho tiempo se ha visto a Murillo como el pintor de Vírgenes y Niños. Y esto es algo injusto, porque este pintor ocupa un lugar de honor dentro de la pintura española del siglo XVII, la misma época que vio nacer a otros dos grandes genios de la pintura: Zurbarán y Velázquez. Vamos a repasar su vida y su obra.

Bartolomé Esteban Murillo vino al mundo el último día de 1617, en Sevilla. Fue el último de 14 hermanos. A los 11 años se quedó huérfano y se fue a vivir con su tía Ana Murillo. Siendo adolescente, Murillo entró en el taller de Juan del Castillo, un pintor sevillano bastante mediocre, donde también se formó Alonso Cano. Con él estuvo 10 años, y de esta década la verdad es que no ha quedado nada.

En 1645 se casó con una joven de familia noble, Beatriz de Cabrera, con quien estuvo unida 18 años. Tuvieron 10 hijos, de los cuales sólo sobrevivieron dos, Gaspar y Francisca.

El primer encargo como pintor le llegó del convento de San Francisco de Sevilla. Tuvo que pintar unas telas muy grandes. Para asombro de todos, se reveló como un artista audaz y maduro, con una forma de pintar delicada, luminosa y vaporosa. Esta serie del convento -en la actualidad desperdigada, como casi todos los conjuntos que pintó- le proporcionó mucha fama, trabajo y dinero.

Poco se sabe de su vida privada. Está considerado como un hombre afable y abierto, muy devoto en materia religiosa.

Los personajes que pinta Murillo se caracterizan por la dulzura y huye siempre de los arrebatos trágicos que tanto atrajeron a otros artistas barrocos. El pintor sevillano es conocido por sus magistrales retratos de las Vírgenes y de los Niños.

TRAYECTORIA

Murillo plasmó de forma magistral la espiritualidad católica del siglo XVII
Bartolomé Esteban Murillo es el artista que mejor ha pintado a la Inmaculada Concepción. Según su biógrafo, “enamora y encanta por su dulzura y por su belleza cautivadora”, aunque él no fue quien inventó la iconografía de la Virgen suspendida en el cielo y rodeada de ángeles.
Nunca se alejó de Sevilla, su ciudad del alma. Allí pintó durante 20 años las imágenes tradicionales de la religión, sencillas, populares, hechas según las normas de la Contrarreforma. Esta forma de pintar era una manera de reaccionar ante las imágenes sangrientas de la escuela de Caravaggio de los primeros años del siglo XVII, así como del absolutismo de Zurbarán, que iba dejando por los conventos sus imágenes lejanas, etéreas.

El pueblo español por entonces estaba viviendo una de sus épocas más duras, entre guerras, pestes y malas cosechas. En Sevilla reinaba el hambre por todas partes y los mendigos vagaban por la ciudad sin encontrar medios de supervivencia. Este es el pueblo que reconoció a Murillo como su pintor, el pintor de santos humanos y misericordiosos, comprensivos con los débiles. También este pueblo era al que la Iglesia dedicaba sus cuidados. Así, las pinturas de Murillo mostraban un lenguaje sencillo y afectuoso, una fe que no excluía a nadie.

En 1681 Murillo fue a Cádiz para trabajar en la iglesia de los Capuchinos. Se cree que sufrió una caída porque, tras regresar a Sevilla, murió el 3 de mayo de 1682; al día siguiente fue enterrado en la iglesia de Santa Cruz.

Lo que más nos impresiona de su pintura es la capacidad que tiene de fundir lo sacro y lo profano. Sus personajes nos parecen muy familiares. Fue un gran retratista, como se demuestra en esta pintura.

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