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El Dr. Raoult y la hidroxicloroquina

Jueves 30 de abril de 2020

Nuestros amigos de Elinactual.com, digital desactivado temporalmente, nos obsequian con este artículo sobre el controvertido médico francés Didier Raoult y el esperanzador tratamiento con hidroxicloroquina contra el Coronavirus.

elmanifiesto.com; traducido de Causeur
El Dr. Raoult y la hidroxicloroquina
Charles Seyrol

El profesor Didier Raoult parece haber encontrado un remedio contra el COVID-19: la hidroxicloroquina. Por ser demasiado prematuros, los resultados de sus experimentos no permiten ninguna conclusión precipitada. Pero el gran médico marsellés podría tener razón contra sus colegas demasiado prudentes.

Un provenzal; unos provincianos

Es un hecho novelesco para Francia el descubrir, de repente, que un sabio de gran envergadura, bien conocido ya en el extranjero, se escondía en su seno. Pero Didier Raoult es un hombre acostumbrado a las burlas, criticado ya sea por su arrogancia y su aspecto de druida marsellés, ya sea por no pasar con sus publicaciones por el aro de sus demás colegas.

Sin embargo, la primacía marsellesa en materia de infectología no es nueva. Antiguo nudo comercial y gran puerto colonial, Marsella ha recibido en sus hospitales a generaciones de aventureros y viajeros que depositaban los gérmenes más exóticos traídos en su calzado. ¿Quién no sabe que Rimbaud, de vuelta de África con una pierna ennegrecida por el bacilo de Harar, murió allí (recobrando la fe en lugar de la salud) en el hospital de la Concepción? Marsella ya sabía de miasmas antes de que París existiera. Conoció la última epidemia francesa de peste en 1720. Y sobrevivió al crepúsculo de dos civilizaciones: la griega y la romana.

Hidroxicloroquina para todos

Desde el mes de enero, e incluso antes del giro dramático que tomó después, Raoult propuso una solución conocida a esta peste nueva: la hidroxicloroquina. Este derivado sintético de la quinina, que todos tienen en la boca sin haberlo tomado todavía, parecía haber probado su eficacia en China. Estábamos, por así decirlo, sentados encima: “El coronavirus no traerá más muertos que el patinete eléctrico”, afirmó el marsellés.

La quinina, obtenida de la corteza de un arbusto americano del género Cinchona, es utilizada desde el siglo XVII para tratar el paludismo. Ingerida de forma cotidiana por los colonos en forma de agua tónica (la tónica del gin-tonic), es responsable de una intoxicación, el cinconismo. Su sustituto sintético lo ha reemplazado desde entonces: la cloroquina (Nivaquine). Estructura diferente, mismo principio activo. Una hidroxilación de ese núcleo da lugar a la hidroxicloroquina (llamada Plaquenil en la farmacia). Efecto similar, mejor tolerancia, indicaciones ampliadas. Es el tratamiento de referencia del lupus y de algunas infecciones, gracias a las investigaciones ya efectuadas por el Dr. Raoult.

Primum non nocere (Lo primero es no dañar)

La hidroxicloroquina no escapa, sin embargo, al principio galénico: “No hay ningún medicamento eficaz sin efectos secundarios”. Su acumulación en los tejidos tiene sus peligros. Es por ello por lo que las instituciones médicas comparten con muchas reservas el entusiasmo general. Primum non nocere! es el lema de los médicos desde Hipócrates, y cada incumplimiento de este principio erosiona la confianza de la que gozan. La toxicidad más temida en este contexto es cardíaca; infrecuente pero susceptible de matar. Esta complicación puede ser prevista con electrocardiogramas que vigilen las variaciones eléctricas del corazón,. El Dr. Raoult recomienda la asociación de hidroxicloroquina con azitromicina (otro antiinfeccioso bien conocido, con la misma toxicidad cardíaca) desde los primeros síntomas tras la confirmación de COVID-19. Pero, tratar con un potencial veneno a un gran número de pacientes, muchos de los cuales evolucionan espontáneamente hacia la curación, ¿no lleva al riesgo de hacer más mal que bien?

El debate sobre la reutilización de los derivados de la quinina no es nuevo. En su primera obra, La quinina en la terapéutica (de 1925), Céline escribía: “Nada retrasa más el progreso del arte de curar que el florecimiento incesante de drogas nuevas, que aspiran a que olvidemos los remedios de otros tiempos”. Existen, entonces, argumentos convincentes sobre la eficacia del Plaquenil: perturba las reacciones químicas necesarias para el virus, y se ha demostrado ya in vitro que inhibe el crecimiento del SRAS-CoV-2. Su síntesis es sencilla; su coste (algunos céntimos por comprimido), una miseria. Pero otras moléculas más recientes están en estudio y apoyadas con la misma verosimilitud. Vean aquí las principales: remdésivir, lopinavir, camostat...

Un golpe de Estado médico

El hincapié puesto en el Plaquenil por el doctor Raoult se parece más a un golpe de estado médico que al resultado de la evidencia científica. Los resultados precoces de su equipo, publicados el 17 de marzo en un artículo que tuvo el efecto de un trueno, parecían positivos, pero carecían de rigor estadístico. La crítica a su publicación circula mucho, de hecho, entre los alumnos que estudian en el MIR francés para la asignatura de “lectura crítica de artículo”. Pero “leer” correctamente un artículo científico es una disciplina técnica, difícilmente accesible al profano. En ese artículo, se encuentra como conclusión que “nuestros resultados son alentadores”, y es lo que todo el mundo ha memorizado; pero distinguir los fallos del andamiaje estadístico que conduce a ello exige cierto conocimiento. En efecto, no es que los resultados de este estudio sean desalentadores, pero son demasiado precoces y flojos para que se pueda concluir con certeza: la hidroxicloroquina es eficaz contra el COVID-19. Esos resultados requieren que haya otros que vengan después.

Sin embargo, ¡hay que ser ingenuo para creer que un científico de la envergadura de Raoult no ha actuado con conocimiento de causa! La verdad, la imposición por la fuerza que constituía la publicación rápida e incluso prematura de su estudio, a pesar de las debilidades metodológicas, tenía como objetivo introducir la hidroxicloroquina en el vasto estudio terapéutico europeo Discovery, el cual, ese sí, tiene una amplitud y un rigor a prueba de bomba, pero cuyos resultados tardarán en llegar. Sin detenerse ante ningún gesto teatral, ¡nuestro Merlín sugirió incluso al presidente Trump el empleo de su terapéutica en Estados Unidos! Se nos había escondido la influencia marsellesa en la Casa Blanca… Hecho sorprendente: ha sido la muy cerrada comunidad jasídica de Nueva York la que ha confirmado, en primer lugar, los efectos beneficiosos de esta influencia transatlántica. El doctor Zev Zelenko anuncia haber tratado con éxito a más de quinientas personas gracias al protocolo Raoult (incluso antes de la aprobación por la FDA).

Semmelweis, el promotor del lavado de manos en quirófano, murió en un asilo desdeñado por sus congéneres. ¿Le meterán a Raoult en un asilo mediático por el teletrabajo ardiente de los inquisidores en las redes sociales?

“Es para fastidiarles”

Raoult es un apellido que se presta tanto a las bromas de bar como a las leyendas góticas. Pensemos, por ejemplo, en las memorias de Raoul de Cambrai en el siglo XII, que contaban ya entonces la venganza sangrienta de un señor privado de su territorio por un rey pusilánime. Se hubiera podido llamar también Robert o Roland, Renaud de Montauban, o Tancredo de Altavilla, todos estos personajes hicieron Europa antes de la Unión Europea, donde existía convivencia multicultural antes de que hubiera burocracia.

El señor Raoult de Marsella, así pues, se divertía en una reciente entrevista: “Hice medicina con un bachillerato literario; hoy ya no sería posible”. Incluso yo mismo empecé estudios de medicina en Marsella con antecedentes literarios, y conocí al doctor Raoult. El anfiteatro estaba siempre lleno, y sus enseñanzas han hecho mella en gran número de estudiantes.

Además de ser un médico al servicio de sus pacientes, Didier Raoult ha firmado en las mejores revistas científicas más de dos mil artículos. Primer experto mundial en infectología para el algoritmo Expertscape y Google Scholar, ciento cincuenta mil citas y un índice h de 175. De esta forma es como se habla de investigación desde que la estadística nos gobierna. Además, se le ha reprochado su prolijidad olvidando que, según los usos habituales, un artículo no menciona solo el nombre de su autor principal, sino también el de aquellos que han contribuido mediante su experiencia específica o por su dirección. En consecuencia, ese gran número de publicaciones no tiende solo a demostrar que Raoult es un investigador infatigable, sino también que se ha vuelto necesario en el trabajo de muchos otros científicos. Recibió en 2010 el gran premio del INSERM por el conjunto de sus trabajos. Por forzar demasiado la crítica, esas personas llegarán incluso a reprocharle el hecho de haber trabajado demasiado bien.

Pero la seducción que ejerce el provocador marsellés le viene, sobre todo, de personajes literarios. Recordemos el proyecto de Céline en una carta a Henri Mondor, su redactor de prefacios: “...quiero decir, salir del engominado estilo jesuítico que afecta a la pluma francesa [...], del Figaro al Goncourt… ese bla-bla viscoso”. Preguntado por sus extravagancias y su larga cabellera, Raoult tiene la misma respuesta, lacónica además: “¡Lo hago para fastidiarles!”

Sigue...

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