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“¿Anocheció en la cabeza de la arqueóloga? - Notas sobre el artículo “Chaupi punchapi tutayarca?

Viernes 18 de enero de 2013 por Bernard Boriello

El punto de partida del artículo de la arqueóloga Catherine Lara [1] sobre “Los Sigchos...” (Estupiñán Viteri, 2011) concede el innegable interés de “área, cuyo potencial científico, identitario, patrimonial e inclusive turístico, quedó por demás demostrado”.

De hecho, la arqueóloga Lara admite de entrada la presencia “del llamado ushnu (estructura típicamente inca comúnmente asociada a un tipo de “altar” o “trono”) del sitio “Hacienda Machay”. Lara se vale paradójicamente de tan ingente dato, que aboga sin duda alguna a favor de la total evidencia de que estamos en un sitio incaico, para desmenuzar la importancia del hallazgo: “Con excepción del llamado ushnu /.../ del sitio “Hacienda Machay”, la evidencia arqueológica inca en las zonas colindantes sería de momento prácticamente inexistente”.

Uno queda tanto más perplejo cuanto que la arqueóloga admite, a continuación, haber incumplido en rigor en su trabajo: ”no fue posible excavar el sitio Hacienda Machay en su totalidad” (subrayamos nosotros), atribuyendo esa carencia “a contratiempos administrativos”, lapso que opone - no sabemos si por despecho o envidia - al “respetable lapso cronológico al cabo de la cual la historiadora Estupiñán Viteri llegó a su hipótesis”.

Examinemos ahora las pruebas científicas de peso que Lara opone a la hipótesis de Estupiñán: “el conjunto de evidencias arqueológicas, etnográficas y documentales actualmente disponibles sobre los alrededores (subrayamos nosotros), apuntaría hacia una ocupación esencialmente republicana de la zona”.

O sea, a falta de haber podido investigar debidamente in situ, y haberse contentado con investigar “los alrededores” y haber encontrado allí vestigios “republicanos”, la arqueóloga deduce que el sitio del “del llamado ushnu” no es incaico ni pudo ser, por ende, la última morada de Atahualpa. Quedamos perplejos, por no decir confundidos, ante tal argumentación. Quizás imagine ella que le pudiera pasar al ushnu lo que al obelisco, desplazado de Luxor a París.

A falta de oponer pruebas contundentes de la invalidez de la hipótesis de Estupiñán, la arqueóloga recurre a la fácil retórica prudencial del repetido empleo del potencial: “el conjunto de evidencias arqueológicas, etnográficas y documentales actualmente disponibles /.../ apuntaría hacia una ocupación esencialmente republicana de la zona” /.../ “La evidencia arqueológica inca en las zonas colindantes sería de momento prácticamente inexistente”, etc.

En realidad, la intención de la autora se manifiesta a mediados del artículo: se trata de compensar la falta de fundamento científico por la pretendida preocupación de preservar la “credibilidad de las autoridades nacionales e internacionales adheridas a la hipótesis mencionada”, de respetar “a la opinión pública”, de no “defraudar a miles (¿o millones?) (sic) de personas”. ¡Tarea apremiante puesto que no cabe duda de que el riesgo era dejar rienda suelta a una impostora que se había afanado durante tanto tiempo con el único propósito de hundir la reputación nacional y suscitar un nuevo Inkarri!
Es más: se trata de evitar la bancarrota financiera y moral de cuantas entidades se le antoja citar en sublime periodo: “¿vale la pena invertir millones de dólares” en un sitio en donde no estamos ni seguros de encontrar incas o Atahualpa algunos? ¿Qué les decimos entonces a los electores? ¿Qué dirá el Presidente? ¿Cómo damos la cara frente a la OEA y al BID?”

La última parte del artículo abandona definitivamente el tono académico, si lo hubiera, para prorrumpir en una extraña verborrea a la vez moralizante y campechana, plagada de abundante puntuación, en la que la otrora arqueóloga se olvida de todo comedimiento para asestar unos golpes bajos: primero a la “doctorita” (entiéndase Estupiñán), pero en boca de los capciosos indios a quienes les “convendría que fuera inca pues”; luego al pueblo ecuatoriano, supuestamente “inconscientemente” aferrado “a la negación de lo propio”.

Al final, Maqui Machay no puede ser otra cosa que lo que quiere que sea la arqueóloga, no por haberlo demostrado pero porque quiere que así sea: un sitio vinculado a “la producción de panela y aguardiente”. Quizás animada por su propia osadía y con total desparpajo no vacila en reclamar, en la base de su descubrimiento “los millones de dólares que la región amerita”.

“¿Anocheció en la cabeza de la arqueóloga?

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“¿Anocheció en la cabeza de la arqueóloga? Notas sobre el artículo “Chaupi punchapi tutayarca?

Ver en línea : Chaupi punchapi tutayarca?

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